A veces armonioso, a veces disonante.

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Estas dos últimas semanas han sido toda una prueba de supervivencia. Gracias a Dios, estaba mentalizada. Llegué a la residencia XI como quien llega a una jungla deshabitada, desprovista de árboles y monos, con alguna liana que otra de la que no pendían ni pájaros ni animales salvajes. No teníamos ni platos, ni sartenes, ni ollas, ni cubiertos, ni perchas, ni toallas… Joder, no teníamos ni nevera. Catorce días después esto se va llenando y ya va pareciendo un hogar. Aún no huele a casa, no huele a confianza, no huele a jungla frondosa, húmeda y ruidosa… pero ya me voy construyendo el nido entre las ramas.

He comprendido que este verano me ha servido como un pequeño entrenamiento para lo que me esperaba aquí. Me he dedicado a construir muros a base de botellas de tequila vacías y música de discoteca. Ahora son impenetrables. Ni siquiera yo puedo transpasarlos. Y no me había dado cuenta hasta ahora, cuando he buscado la cerradura pero no tenía la llave. Tantos años buscando la manera de sentir lo menos posible y la respuesta era acostumbrarse a un ritmo de vida que no te deja ni pensar en ti mismo. No puedo dejar de autoanalizarme, eso no sería propio de mí. Pero cada vez tengo menos portunidades de hacerlo. Me paso la vida intentando conocerme, y últimamente me estoy cayendo de puta madre. Sin embargo, ¿soy yo misma? Sé que no, que este año es una máscara. Antes me daba miedo decirle “hola” a un desconocido. En dos semanas he saludado por primera vez a muchísimas personas. Personas de todos los tipos, nacionalidades, gustos, colores de piel, de pelo, de ojos… personas que a simple vista parecen no tener nada de especial pero que poco a poco te van descubriendo que también vienen a comerse el mundo. Por una vez no veo a la gente desde un cristal oscuro; lo he relegado a un segundo plano y he decidido mezclarme entre ellos. Y me gusta.

Pero a la vez siento que no sé dónde estoy yo, si en Vigo o en Lodz. He dejado muchos cabos sueltos en la otra punta de Europa. Asuntos que creía zanjados. Asuntos que no tienen nada que ver entre ellos y que, a la vez, tienen que verlo todo. Y a medida que pasan los días se van entremezclando en una capa de mentiras, confusión y, sí, cada vez más, indiferencia por mi parte. Solía saber qué era lo correcto en cada jodido momento. Es un don: lo veo todo claro. A veces hay grises, pero normalmente sé lo que quiero. Ahora no tengo ni puta idea. Me he convertido en lo que lleva persiguiéndome toda mi vida: una persona sin las ideas claras.

¡Ironías!

Escribo esto mientras me preparo para ir de fiesta y a sabiendas de que lo voy a colgar en mi Facebook y nadie lo va a entender. No os engañéis: estoy de puta madre. Ya lo he dicho: aquí la gente es increíble, aquí el hogar está cada vez más cerca. Es un oasis en el que descansar hasta que vuelva a la realidad. Tequila por vodka, calor por frío, amor por odio, fiesta por… ¡mucha más fiesta! Como dijo Bob Marley: “esta noche contigo quiero hacer travesuras”.

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A veces armonioso, a veces disonante.

Hey, ho. Let’s go!

Lo sé, lo sé. La temática de los Ramones no es muy original, parece que en cualquier momento voy a ponerme a vender camisetas con su logotipo. Pero el humor negro es mi debilidad y no se me ocurría mejor título para un blog que pretende narrar mis aventuras por Polonia que Blitzkrieg. Espero no herir sensibilidades: el humor negro es como las piernas, se tiene o no se tiene. (Blitzkrieg significa “guerra relámpago” y fue la táctica que utilizó Hitler para invadir Polonia, jeje).

Decidir marcharte de Erasmus es como ir corriendo hacia una piscina con los ojos vendados; no sabes si estará vacía o llena, o incluso si hay alguna persona tomando el sol en una colchoneta hinchable que puedas cargarte con tu salto, pero allá vas, cagando patatillas. Para mí, por lo menos, es una experiencia que necesito vivir por mucho que me acojone. Superada la prueba de fuego de la burocracia (o no, mi primera semana en la pintoresca Lodz me espera con sus formularios abiertos), ya solo queda moquear en el aeropuerto frente a una familia que te pregunta si llevas mantas, abrigos, bragas, la bicicleta, los diez peluches de tu infancia, una foto de tu abuela y condones (esa última parte susurrada por tu tía la enrollada que se tiñe el pelo de rubio platino). Después no sé qué viene. Veo un cuadrado negro, como siempre que intento echarle un vistazo al futuro.

Dont-panic

Ahora mismo, a tres días de irme, estoy sentada en mi cama y mi mente se divide en dos. Por una parte imagino ese cuadrado negro que seguramente estará inundado de alcohol, fiestas y gente nueva a la que tocaré con un palo antes de atreverme a hablarles (ser antisocial estando de Erasmus va a ser un problema). Por otra, está el cuadrado blanco del futuro cierto pero que no va a ocurrir, ese futuro que hubiera tenido de quedarme en Santiago y no irme un año fuera. Las clases en una facultad que parece un bloque de cemento y mármol blanco, los amigos que he hecho estos dos años, los amigos que he hecho estos seis últimos años, las vueltas a Vigo los findes si es que no me da pereza coger el bus, mi padre diciéndome que el agua templada con limón por las mañanas es muy sana, el gimnasio, las clases de conducir, el tour por bibliotecas que abran hasta la madrugada en época de exámenes, el tour por discotecas que cierren más tarde de las cuatro y tengan tequila, los tres cafés diarios… La zona de confort, en definitiva. Entonces analizo los cuadros por separado y no sé cuál me angustia más. Lo único que sé es que el blanco, el cierto, ya no es para mí. Ya no me llena, necesito más. Se me ha quedado pequeño. Suelo decir que nunca echo raíces en la tierra, y es verdad. Pero echo raíces en las personas. Quizás no eche de menos la ría en un día de esos que el cielo está despejado pero hace un frío que se te mete dentro de los huesos, pero echaré de menos compartir esas vistas con la gente a la que quiero.

Bah, basta de dramas. Estoy que me hago pipí de la emoción. ¡Allá voy, Lodz,  Lodzki, o Wucht, o cómo mierda te llames! Quizás necesite una guía como la del autopista intergaláctico para sobrevivir el año que viene. O puedo escribírmela yo misma.

Blitztkrieg bop!

Hey, ho. Let’s go!