Wanderlust

Ocurre en toda relación que la pasión del principio se va convirtiendo en una dulce estabilidad con el tiempo, digamos que alrededor del primer año. Algo así me está pasando a mí ahora mismo. No obstante, estamos de Erasmus, y aquí todo se vive con más intensidad. Calculo que en años de Erasmus los dos meses que llevo aquí son en realidad cuatro y que toda la rueda que llevo quemada desde que empecé me empieza a pasar factura. Me he puesto enferma en tres ocasiones y el hígado me susurra desde la parte inferior izquierda de mi pie que pare, por favor.

Por suerte a todos nos está pasando lo mismo. En estas últimas semanas hemos empezado a relajar la raja, como se diría en mi barrio. Puedo resumir el último mes en viajes, dos fiestas por semana (MILAGRO) y muchos días de pereza en la residencia número V, que no es la mía pero como si lo fuera (incluso muy de vez en cuando me atrevo a hacer pipí aquí, y eso que tienen baños compartidos). Hemos ido a Wroclaw, a Cracovia y a Berlín, todo en muy buena compañía tanto humana como perruna, porque los amigos que hemos hecho no pueden calificarse ni como medio normales. Claro que eso se puede comprender cuando la primera noche que pasas con ellos todo se basa en una habitación de hostel, con botellas de vodka marca Soplica desperdigadas por el suelo, dos amigas medio en bolas buscando una tarjeta debajo de la cama, tres gritando para ver si la susodicha tarjeta se personificaba y le daba por responder, una robando jerseys y yo saltando de litera en litera a cuatro patas. Sí: el Eramus te vuelve imbécil.

Ya que he ido dejando pasar el tiempo y ya no me acuerdo muy bien de lo que sucedió en Cracovia, vengo a hablaros de Berlín. Agarraos del culete que allá vamos.

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Lo primero que tiene que saber todo buen Erasmus polaco que quiera visitar la capital del país de nuestra señora de todos los Santos doña Merkel, es que se va a dejar el sueldo. El cambio de zlotis a euros no es ninguna broma. Yo pude ahorrarme el hotel quedándome en casa de un amigo, pero aún así se me fueron en cuatro días 120€ por el váter cual Nemo huyendo de su cruel destino.

Lo segundo que hay que saber es que, si como yo, provienes de una ciudad cuyo único transporte urbano son los autobuses que ya te tienes más que sabidos, te vas a perder en Berlín. El subway, el tranvía y el autobús fueron como un jodido laberinto para mí, que soy la persona con menos orientación sobre la faz de la tierra. Como estaba en casa de mi amigo, tenía que ir sola al lugar donde se alojaban mis amigas (al no tener internet, dependíamos mucho de la puntualidad y de los lugares conocidos). La primera vez, tras adjudicarme un billete por TRES EUROS, me confundí de parada unas cuatro veces y me salí del metro cuando aún no me tocaba. Lo peor es preguntarle a un alemán por la dirección: se ríen de ti en tu cara o te dicen que no saben. ¡Pero si vive aquí, señora! Los españoles por el mundo parecemos tener sobre nuestra frente el estigma de Caín o ser portadores de la peste bubónica: la gente al verte se cambia de acera. Aún así, he de decir que los germanos son adorables, sobretodo cuando te piden con toda su calma que te calles la puta boca cuando vas en el tranvía.

La primera noche de Berlín me separé de mi grupo para dejar la maleta en casa, con la promesa de volver a verlas dos horas después. Qué ilusa. No me las volví a encotrar hasta el día siguiente. ¡Oh, datos, cuán necesarios sois! Una no sabe lo que tiene hasta que pierde a todas sus amigas en una ciudad enorme. Tras una hora de infructuosa búsqueda, mi amigo y yo decidimos irnos por nuestra cuenta y terminamos en un bar con dos franceses que él conocía y dos irlandeses que surgieron de darle patadas a un arco-iris.Os lo digo en serio. Al final de la velada, cuando ya nos estábamos yendo de la discoteca de mierda, perdón, de la discoteca de techno donde los berlineses bailaban a un metro de distancia unos de otros y cuya entrada costaba 12€, los vimos adjudicándose un gramillo de Eme por 50€. Porque, otra cosa que hay que saber, es que en Berlín te tiran la droga a la cara, tal y como pasa en capitales como Lisboa. Por si acaso me lee algún amante de los psicotrópicos, os aconsejo que no compréis nada ahí. Aparte de ser un timo, la calidad es pésima (y no, no lo he probado, di no a las drogas).

Al día siguiente me aseguré muy mucho muchísimo de quedar con ellas en el lugar adecuado y a la hora adecuada. Básicamente llegué media hora antes a Postdamer Platz, me tomé un café por cuatro euros (esto leedlo con voz muy dramática) y me dediqué a enamorarme cinco veces por segundo de cada chico que pasaba por ahí. Si queréis ver hombres guapos mudaos a Berlín, son otro rollo. Ni el típico niño rubio polaco que parece recién salido de la pubertad ni el típico morenete español que mide dos centímetros más que tú. Hombres de metro noventa fornidos, rudos y con la mandíbula más cuadrada que la mesa de mi cuarto.

Bueno, que me despisto. Ese día nos dedicamos a perdernos por la ciudad, subir a la Torre de la Victoria, gastar 15€ en un autobús que sólo utilizamos media hora (VOZ DRAMÁTICA AGAIN), comer salchichas… Destaco que el plato típico berlinés son salchicas con kepchup y curry espolvoreado. Yo no estaría muy orgullosa, sinceramente. Y al caer la noche.. Y al caer la noche… Yo sólo recuerdo cantar canciones españolas por la calle, irrumpir en  Kebap y usurpar la litera de una de mis amigas porque no me apetecía perderme por la ciudad para buscar la casa de mi colega.

Los últimos dos días se resumen en un tour de esos gratuitos que pagas la voluntad al final y una visita a Potsdam, la ciudad donde se firmaron los tratados de paz, que estaba desierto porque al parecer sólo abre en primavera.

Lo malo de irte de viaje a otra ciudad es que, al volver, te das cuenta de lo fea que es Lodz, con su Piotrkowska kilométrica y su Manufaktura y su… Bueno, ya está. Y aún así lo echabas de menos, porque ya le estás empezando a llamar hogar, porque será la ciudad con más fábricas abandonadas y edificios viejos y sucios del mundo, pero es tu ciudad de mierda, y hay que quererla.

 

Wanderlust