Hold the door

Es curioso; el tiempo pasa.

Pero, madre mía… Lo que hemos vivido.

Hemos sobrevivido durante diez meses a base de vodka y cerveza, durmiendo de cinco de la mañana a dos de la tarde a pesar de que entraba un sol increíble por la ventana porque no, amigos, no existen las cortinas en Polonia.

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Quien controle ese hueco de mercado logrará hacerse con la economía de este país. Lo dejo en el aire como idea para futuras generaciones porque yo nunca he sido una empresaria, sino más bien la típica hippie que tiene imaginación para cosas absurdas que en manos acertadas serían una mina de oro. ¿Quién no querría comprar una goma de borrar que fuera comestible? Pues idea de la nena.

Hemos venido a un sitio con un idioma que junta cinco vocales diferentes en una palabra de dos sílabas sabiendo únicamente que “puta” se dice “kurwa” y apuntándonos a un curso de polaco al que dejamos de ir a los dos días. Si alguien se lo tomó en serio puede pasarse por mi residencia a recoger una hostia en toda la cara. ¿Has conseguido comunicarte alguna vez con un polaco? No, mejor, ¿has conseguido comunicarte alguna vez con una RECEPCIONISTA DE UNA RESIDENCIA DE UNIVERSITARIOS EN POLACO sin que te dieran ganas de llorar y llamar a tu mamá? Pues a callar. Únete al grupo de los que solo sabemos decir “hola”, “soplica”, “biedronka” y “zabka” (por cierto, se pronuncia yabka, MINDBLOW).

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La mayoría de nosotros empezó su Erasmus sin conocer ni al tato. A no ser que fueras miembro de ese grupo de WhatsApp que se formó en los albores de la humanidad y en el que sólo había españoles. Entonces ya te conocías hasta a la madre del pesado que no se callaba la boca y mandaba fotos hasta de cuando cagaba. Yo me uní sobre agosto y andaba más perdida que un hijoputa el día del padre. Sólo sabía que el tonteo ya estaba consolidado, los grupos formados, las enemistades afloradas y que era mejor ponerlo en silencio perpetuo y bailar un tango hasta que llegara septiembre. Porque llegó septiembre y, como iba diciendo, los que no conocíamos a NADIE le echamos dos cojones y empezamos una espiral inacabable de “hello, where are you from?” que no sirvió para nada porque acabamos todos con grupos de nuestra nacionalidad. Porque sí, es lo que pasa cuando te vas de Erasmus. Y luego llamas a los demás grupos “spanish guetto” pero tú tambien eres un spanish guetto, solo que no lo aceptas porque de vez en cuando te vas a tomar un café con tu amigo el francés y ya eres muy international.

Nos hemos gastado una de dinero impensable en viajar. Porque tocaba. Porque era el año. Por el postureo. Porque sí, cojones, he estado en tres países de Italia y mira-qué-fotaza-me-saqué-en-Venecia.1557697_1160091960697780_7834170866448083943_n

Y he estado en Ucrania y casi me roban porque mi amiga Rocío no me dijo que nos estaban persiguiendo dos mujeres por un túnel oscuro. Y yo seguí andando cual Caperucita hasta que sentí un tirón y me giré y Rocío estaba ahí como “mira que te dije que fuéramos más rápido que me daba mal rollito el túnel”. “Tía pero no me dijiste que nos estaban siguiendo”. “Ya, pero es que como eran gitanas te ibas a pensar que estaba siendo racista, como siempre estás con tu rollo progre”. “Me cago en la puta que te parió casi me quedo sin dinero en medio de un país en guerra”. “Jeje”. “Zorra”. Y mira qué bien me lo pasé en Dublín, y en Berlín, y en Ámsterdam (quién no se lo va a pasar bien en Ámsterdam). Mira mis fotitos pal Facebook.

No, en serio. Creo que viajar en tu etapa de los veinte es indispensable para abrir tu mente, crecer como persona, saber interpretar un mapa (o, en su defecto, google maps) y aprender a ser timado con dignidad. ¡Con dignidad! Y si crees que no tener pasta te sirve como excusa… Pues mira, en esta vida hay dos tipos de personas: las que tienen la motivación necesaria para conseguir lo que se propongan y las que no. Y estas últimas no le importan a nadie. Lo aprendí de una peli que se llama “Quieres ser Jon Malkovich”. Míratela o algo. No soy un libro de autoayuda.

¿Y qué me decís de todos aquellos polvos que…? O sea. Bueno, tampoco todo ha sido zorrear. También están aquellas personas que nos han hecho el erasmus un poquito más dulce. Tu chico o chica Erasmus, ese bípedo con el que te empezaste a ir a casa desde la discoteca día sí y día también y que ahora no te despegas. ¿Eh? ¡Ay, el amor! Si es de tu misma nacionalidad, has tenido suerte. Si no, tus padres te van a odiar por mermar su cuenta corriente largándote a ver a tu tocinito de cielo pero, ¡eh! Que somos jóvenes, hay que creer en el amor eterno, la fidelidad y todas esas tonterías. ¿Qué nos queda si no? En fin. Las telenovelas nutren el Erasmus. Si de algo está esto lleno es de cotilleos. Por todas partes. La gente sabe cosas de ti que ni siquiera tú conoces y tú sabes cosas de gente que ni siquiera te suena, pero al parecer la chavala esa/el chaval ese le puso los cuernos a su novio/a y eso que llevaban tropecientos años (medio Erasmus se está dando por aludido en este momento. Perdonadme, soy malvada, y pérfida, y jeje).

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Pero lo más importante de todo ha sido formar una familia. ¿Quién me lo diría a mí? A mí, que tengo los valores familiares en el subsuelo y que no suelo preocuparme por alguien que no sea yo o mis amigos más cercanos. Y, sin embargo, ahí están: la gente con la que empezaste y que estaba tan perdida como tú, que fueron contigo a la universidad los primeros días de clase y se perdían por los pasillos para encontrar el aula. La gente que te fuiste encontrando por el camino, esa de la que oías hablar o veías en alguna fiesta pero en la que nunca te paraste a reparar hasta que un día surgió la conexión. Pudo ser en un viaje, en una borrachera, en medio de una lección en la que los dos os estabais durmiendo o en un evento de la ESN sobre salvar tortugas marinas del Manufaktura… Surgió y le cogiste un cariño increíble. Y ahora miras a esa gente que se han convertido en hermanos, en primos, en la mascota de la familia (siempre hay una) y no puedes comprender, no entra en tu cabeza, que el año que viene no vayan a estar ahí, sino a kilómetros de distancia. Siguiendo sus propias vidas. Aunque os hayáis prometido que os volveréis a ver todos los veranos y sepas que es verdad, ya no van a formar parte activa de tu vida. Hace tiempo que aprendí una valiosa lección: somos una mezcla de aquello que nos rodea. Y yo no podía tener una mezcla mejor. Y agradezco al destino, al karma o a lo que fuera que me pusiera en el camino a esas personitas a las que ahora tengo el honor de llamar familia.

No sé. Nunca se me han dado bien las despedidas.

SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO.

Hold the door.

 

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