Hold the door

Es curioso; el tiempo pasa.

Pero, madre mía… Lo que hemos vivido.

Hemos sobrevivido durante diez meses a base de vodka y cerveza, durmiendo de cinco de la mañana a dos de la tarde a pesar de que entraba un sol increíble por la ventana porque no, amigos, no existen las cortinas en Polonia.

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Quien controle ese hueco de mercado logrará hacerse con la economía de este país. Lo dejo en el aire como idea para futuras generaciones porque yo nunca he sido una empresaria, sino más bien la típica hippie que tiene imaginación para cosas absurdas que en manos acertadas serían una mina de oro. ¿Quién no querría comprar una goma de borrar que fuera comestible? Pues idea de la nena.

Hemos venido a un sitio con un idioma que junta cinco vocales diferentes en una palabra de dos sílabas sabiendo únicamente que “puta” se dice “kurwa” y apuntándonos a un curso de polaco al que dejamos de ir a los dos días. Si alguien se lo tomó en serio puede pasarse por mi residencia a recoger una hostia en toda la cara. ¿Has conseguido comunicarte alguna vez con un polaco? No, mejor, ¿has conseguido comunicarte alguna vez con una RECEPCIONISTA DE UNA RESIDENCIA DE UNIVERSITARIOS EN POLACO sin que te dieran ganas de llorar y llamar a tu mamá? Pues a callar. Únete al grupo de los que solo sabemos decir “hola”, “soplica”, “biedronka” y “zabka” (por cierto, se pronuncia yabka, MINDBLOW).

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La mayoría de nosotros empezó su Erasmus sin conocer ni al tato. A no ser que fueras miembro de ese grupo de WhatsApp que se formó en los albores de la humanidad y en el que sólo había españoles. Entonces ya te conocías hasta a la madre del pesado que no se callaba la boca y mandaba fotos hasta de cuando cagaba. Yo me uní sobre agosto y andaba más perdida que un hijoputa el día del padre. Sólo sabía que el tonteo ya estaba consolidado, los grupos formados, las enemistades afloradas y que era mejor ponerlo en silencio perpetuo y bailar un tango hasta que llegara septiembre. Porque llegó septiembre y, como iba diciendo, los que no conocíamos a NADIE le echamos dos cojones y empezamos una espiral inacabable de “hello, where are you from?” que no sirvió para nada porque acabamos todos con grupos de nuestra nacionalidad. Porque sí, es lo que pasa cuando te vas de Erasmus. Y luego llamas a los demás grupos “spanish guetto” pero tú tambien eres un spanish guetto, solo que no lo aceptas porque de vez en cuando te vas a tomar un café con tu amigo el francés y ya eres muy international.

Nos hemos gastado una de dinero impensable en viajar. Porque tocaba. Porque era el año. Por el postureo. Porque sí, cojones, he estado en tres países de Italia y mira-qué-fotaza-me-saqué-en-Venecia.1557697_1160091960697780_7834170866448083943_n

Y he estado en Ucrania y casi me roban porque mi amiga Rocío no me dijo que nos estaban persiguiendo dos mujeres por un túnel oscuro. Y yo seguí andando cual Caperucita hasta que sentí un tirón y me giré y Rocío estaba ahí como “mira que te dije que fuéramos más rápido que me daba mal rollito el túnel”. “Tía pero no me dijiste que nos estaban siguiendo”. “Ya, pero es que como eran gitanas te ibas a pensar que estaba siendo racista, como siempre estás con tu rollo progre”. “Me cago en la puta que te parió casi me quedo sin dinero en medio de un país en guerra”. “Jeje”. “Zorra”. Y mira qué bien me lo pasé en Dublín, y en Berlín, y en Ámsterdam (quién no se lo va a pasar bien en Ámsterdam). Mira mis fotitos pal Facebook.

No, en serio. Creo que viajar en tu etapa de los veinte es indispensable para abrir tu mente, crecer como persona, saber interpretar un mapa (o, en su defecto, google maps) y aprender a ser timado con dignidad. ¡Con dignidad! Y si crees que no tener pasta te sirve como excusa… Pues mira, en esta vida hay dos tipos de personas: las que tienen la motivación necesaria para conseguir lo que se propongan y las que no. Y estas últimas no le importan a nadie. Lo aprendí de una peli que se llama “Quieres ser Jon Malkovich”. Míratela o algo. No soy un libro de autoayuda.

¿Y qué me decís de todos aquellos polvos que…? O sea. Bueno, tampoco todo ha sido zorrear. También están aquellas personas que nos han hecho el erasmus un poquito más dulce. Tu chico o chica Erasmus, ese bípedo con el que te empezaste a ir a casa desde la discoteca día sí y día también y que ahora no te despegas. ¿Eh? ¡Ay, el amor! Si es de tu misma nacionalidad, has tenido suerte. Si no, tus padres te van a odiar por mermar su cuenta corriente largándote a ver a tu tocinito de cielo pero, ¡eh! Que somos jóvenes, hay que creer en el amor eterno, la fidelidad y todas esas tonterías. ¿Qué nos queda si no? En fin. Las telenovelas nutren el Erasmus. Si de algo está esto lleno es de cotilleos. Por todas partes. La gente sabe cosas de ti que ni siquiera tú conoces y tú sabes cosas de gente que ni siquiera te suena, pero al parecer la chavala esa/el chaval ese le puso los cuernos a su novio/a y eso que llevaban tropecientos años (medio Erasmus se está dando por aludido en este momento. Perdonadme, soy malvada, y pérfida, y jeje).

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Pero lo más importante de todo ha sido formar una familia. ¿Quién me lo diría a mí? A mí, que tengo los valores familiares en el subsuelo y que no suelo preocuparme por alguien que no sea yo o mis amigos más cercanos. Y, sin embargo, ahí están: la gente con la que empezaste y que estaba tan perdida como tú, que fueron contigo a la universidad los primeros días de clase y se perdían por los pasillos para encontrar el aula. La gente que te fuiste encontrando por el camino, esa de la que oías hablar o veías en alguna fiesta pero en la que nunca te paraste a reparar hasta que un día surgió la conexión. Pudo ser en un viaje, en una borrachera, en medio de una lección en la que los dos os estabais durmiendo o en un evento de la ESN sobre salvar tortugas marinas del Manufaktura… Surgió y le cogiste un cariño increíble. Y ahora miras a esa gente que se han convertido en hermanos, en primos, en la mascota de la familia (siempre hay una) y no puedes comprender, no entra en tu cabeza, que el año que viene no vayan a estar ahí, sino a kilómetros de distancia. Siguiendo sus propias vidas. Aunque os hayáis prometido que os volveréis a ver todos los veranos y sepas que es verdad, ya no van a formar parte activa de tu vida. Hace tiempo que aprendí una valiosa lección: somos una mezcla de aquello que nos rodea. Y yo no podía tener una mezcla mejor. Y agradezco al destino, al karma o a lo que fuera que me pusiera en el camino a esas personitas a las que ahora tengo el honor de llamar familia.

No sé. Nunca se me han dado bien las despedidas.

SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO.

Hold the door.

 

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Hold the door

Me cago en tó

Sigo sin entender por qué a las cuatro de la mañana, cuando me subo borracha al autobús después de Lordis, está todo lleno de ancianos. Lleno a rebosar. A veces miro a mi alredor y pienso que me he metido en una excursión del INSERSO y que todo mi Erasmus ha sido un sueño y en realidad tengo ochenta años y mucho alzheimer.

El otro día me puse malita y perdí el DNI, todo a la vez. Fue una desgracia. Sin embargo, estar sola en un país extranjero te obliga a ser adulta y solventar estas cosas por ti misma (aunque lo primero que hice fue llorarle a mi padre para que fuera a denunciar a la policía él, pero sólo conseguí que me gritara por notas de voz. Es maravilloso cuando hace eso porque no las escucho y tiro el móvil a la cama mientras me pongo otro capítulo de Mr. Robot). Así que nada, me dispuse a concertar cita con el médico y a visitar la comisaría más cercana porque ADORO la burocracia.

Sé que este blog nació única y exclusivamente como un desvarío de mi mente pero también pretendía que fuera algo útil. Así que si pretendes venir a Lodz el año que viene y quieres vivir en las residencias de Lumumby, ahí va un consejito: no te pongas enfermo. Entrena a tus defensas, no; exígele a tus defensas bajo pena de muerte que se recubran de cobre y oro porque si fallan te vas a ir un ratito a la mierda. Las dos veces que he tenido el placer de visitar el ambulatorio que está en el recinto de las residencias me han dado ganas de toserle en la cara a la recepcionista y a los médicos y que se murieran conmigo. Los primeros diez minutos en los cuales esperas a que te atiendan, las recepcionistas se dedican a hablar en polaco entre ellas y a hacerle caso a todo aquel que muestre signos de entender el idioma nacional. Tú, por supuesto, no entiendes ni papa aunque lleves ya siete meses en el país. Tú sólo sabes decir “hola”, “gracias” y “kurwa”. Bueno, yo también sé contar, lo cual me pone al nivel de un niño de cinco años. Como iba diciendo, después de diez minutos en los que priorizarán la atención de media clínica antes que a ti, una de las dos recepcionistas te mirará y empezará a hablarte EN POLACO. Le va a dar igual que le digas que no hablas polaco. Ella SEGUIRÁ HABLÁNDOTE EN POLACO. Y lo hará durante unos cinco minutos hasta que escuches la gloriosa palabra “document” y puedas enseñarle tu cartilla de sanidad europea y decirle que quieres que te vea un jodido doctor.

Ah, pero qué más da porque la sanidad en Polonia va de culo. Ya puedes haber pillado un resfriado común porque como la cosa se complique un poco no van a entender cuál es el mal que te aflije. Y si lo entienden te mandarán a un hospital porque eso es demasiado difícil para ellos. A una amiga mía le pasó. La pobre pilló mononucleosis (nunca robéis copas ajenas. Yo lo hago pero vostros evitadlo, ¿vale?) y le enviaron a dos hospitales distintos. Les faltó ordenarle que se encamillara ella y se sedase por su cuenta.

En cuanto a lo de la comisaría… Bueno, evidentemente no tenemos una en Lumumby (deberíamos, pero no). Así que cogí el Google Maps porque mi orientación es equivalente a la de una ballena en medio del desierto, y me dirigí allí. Después de un cuarto de hora un amable policía se dignó a atenderme. La cosa fue así:

Él: Speak polish?

Yo: No, English.

Él (in English): ok, ¿qué pasa?

Yo: he perdido el DNI y quiero poner una denuncia.

Él: si pierdes el DNI nosotros no podemos hacer nada porque es cosa tuya. Si no hay crimen no es denunciable.

Yo: pero si alguien suplanta mi identidad y comete un crimen en mi nombre tendré que estar en alguna base de datos para no ir a la cárcel, ¿no?

Él: así no funciona en Polonia.

Yo: pues en España sí (inútiles).

Él: ah, eres de España. ¿Y qué haces aquí?

Yo: estudiar. Bueno pues si no se puede hacer nada…

Él: ¿Y qué estudias?

Yo: eh… periodismo.

Él: ¿y dónde estudias?

Yo: en la UL…

Él: ¿y dónde vives?

Yo: …

Él: …

Yo: En Lumumby.

Él: ¡Ah, Lumumby!

Yo: bueno pues me voy (por favor, cállate ya).

Él: ¿y qué te parece la universidad de aquí?

SEÑOR, DÉJEME VIVIR.

He de añadir que me miraba como si fuera un perrito tonto. Le faltaba darme golpecitos con un palo.

Resumen: que si quiero denunciar la pérdida del DNI me vaya a la Embajada Española que está en (redoble) VARSOVIA. Y no vale con una llamadita. No, no. Hay que ir de forma presencial. Creo que prefiero que me metan en la cárcel.

Pero en Polonia las cosas van así. Así de MAL.

Me cago en tó

Los jueves de Lordis

Esto… A ver… Eh… Pues no es que sea una vaga, que lo soy, pero tampoco es que no me haya apetecido escribir durante estos dos meses, que también (cómo pasa el tiempo, parece que fue ayer cuando me pillé mi primera borrachera de Soplica). El caso es que yo quería publicar algo y al mismo tiempo no, ¿sabes? Era como la publicación de Schrödinger. Todo muy cuántico. ¿Son suficientes excusas o he de seguir? Tampoco hace falta que te pongas así, Maricarmen, sólo son unas bragas ajenas que te has encontrado en nuestra cama.

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Sigo sin nevera y ahora que nieva esto es lo que pasa

El caso es que he vuelto de mis vacaciones de Navidad y me vuelvo a sentir como en casa. Es lo malo de irte, que ya no sabes cuál es tu hogar, si lo que has dejado atrás y ya te aburre o si lo nuevo y emocionante que tiene fecha de caducidad. Yo de momento me siento cómoda en esta cama cuyo colchón es de gomaespuma y cuya almohada es más fina que el currículum vitae de un nini (nininininini ni estudian ni trabajan ni les dejan ni quieren ni saben ni pueden ni podemos ni gobierno tripartito ni na, de ná). Además hoy toca Lordis, que es la discoteca por excelencia de todo Erasmus que se precie, y están todos mis amigos echando la siesta para concienciarse. Es como un ritual, hay que respetarlo. Yo no lo respeto porque soy más hiperactiva que un hámster en una rueda. Hablando de hámsters, tenemos uno en la residencia de unas amigas, pero bueno, eso es otra historia que ya me dignaré a contar en cinco meses (a este paso). En resumen: que me pongo a escribir por aburrimiento y porque ESTUDIAR NO ES UNA OPCIÓN.

NO

LO

ES.

🙂

Aún me queda un examen por hacer en el que tengo que saberme todos los Estados y capitales de Estados Unidos, siendo yo de periodismo (aún no sé cómo me metí en esa clase, el profesor parecía majo y yo me dejé llevar). Hace una semana, de hecho, entré por la puerta después de todo un mes en España y lo primero que me dijo el profesor “majo” fue que había examen. En ese momento. Ahora. Right now. Casi se me cae la boca al suelo de lo mucho que la abrí (mentes guarras absténganse de hacer el chiste). Obviamente lo único que me había mirado durante las vacaciones había sido mi ombligo tirada en el sofá. Total, que me siento y me da dos hojas con preguntas tipo test que… que… que eran más fáciles que pasarse el DNI a la primera. Así que tengo un 8 por la cara. No, no me felicitéis, dejad las flores a un lado, ya sé que soy la puta ama.

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Pero como iba diciendo, hoy toca Lordis. No sé si os he dicho que tenemos una especie de “horario de discotecas”. Es algo así como el horario de clases pero aplicado a fiestas y alcohol y a “¡mira con quién se está liado Fulanita!”. Cada día de la semana corresponde a un club distinto. Los lunes, por ejemplo, vamos a Klinika. Bueno, por lo menos vamos lo que es mi grupo y yo, porque el resto de la gente parece haber desistido. Y no lo entiendo; sólo es un antro en el que no caben más de 25 personas abrazadas y en el que te ponen chupitos con tabasco. La creme de la creme. Al principio solía estar llenísimo. De hecho fue ahí donde descubrí que los de la Politécnica (la otra universidad de Lodz) existían, porque estábamos cuatro gatos tomando algo y, de repente, empezaron a entrar un montón de maromos y flipamos en colores y se nos dieron vueltas los ojos y nah, es broma, son gente maja. Grandes días, desde luego. Ahora ya no pisa Klinika ni el Tato, pero nosotros sí, que nos gusta bailar reaggetón y beber cervezas por un euro mientras los polacos nos miran raro.

Los martes vamos a Futurysta, que es algo así como la discoteca guay de la Politécnica y aquello de lo que ellos se sienten más orgullosos (si obviamos el hecho de estudiar ingeniería y su bajo índice de paro comparado con las carreras en las que estamos los mortales). Lo que más gracia me hace de este club es que siempre hay cuatro polacos que están ahí puestos hasta el culo y que intentan “cazar” a alguna Erasmus incauta, sin resultado, por supuesto, porque otra cosa no, pero los polacos son feos de cojones. Este martes intentamos enseñarles a bailar la Macarena pero no se les daba muy allá, y eso que es fácil que te mueres.

El peor día son los miércoles, que toca una que se llama Czekolada, a.k.a Czekokaka, que es una especie de sauna en la que te ponen rap y hip hop y pretenden hacerte pagar ocho zlotis por una cerveza. Aún por encima es de estos antros de “chicas gratis”, una estrategia de márketing que me pone de los nervios por lo machista y retrógrada que es. Vamos, que si fuera por mí les daba con un coño de bronce en la cabeza a los dueños. De hecho, el pasado miércoles perdí el ticket del vestuario y me pasé media hora pidiéndoles mi chaqueta porque querían hacerme pagar veinte zlotis por ella (política de empresa). Efectivamente, tuve que pagar… Y luego me encontré el ticket dentro del calcetín… pero shhh que mis amigas no lo saben… aunque ahora supongo que sí… ¡Holi!

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Y los jueves vamos a Lordis, que, como ya he dicho, es la discoteca por excelencia, sobretodo del spanish guetto. Suelen echarte a las cuatro de la mañana cuando ya estás arrastrándote por la discoteca y siempre y cuando hayas sido el incauto/a que no se ha ligado a nadie y no se ha ido a casa con esa persona. Últimamente eso nos pasa a todos; ya nos tenemos muy vistos, menos a los que están en parejita y desaparecen dos horas después de entrar en Lordis. Y yo a esa gente le digo: iros a chuparla, malditos seres empalagosos del averno. Aburridos.

Si después de cuatro días seguidos de fiesta aún te queda fuelle te puedes meter en la Latino party de Scenografia los viernes y a cualquier club aleatorio los sábados, pero esto ya es más a tu rollo. Tú te lo guisas, tú te lo comes. Para mi gusto la Latino sólo es un disco en el que han metido una playlist de reaggetón para contentar a los españoles, así que voy lo menos posible. Además es la discoteca más cara, te cobran diez zlotis por una cerveza o un chupito. La primera vez que fuimos convencí al camarero de que me invitara a un chupito y luego robé dos más, y creo que iba tan por el aire que me lo pasé bien a la fuerza. Pero ya os digo que eso no suele pasar.

Y eso, caraqueso. Ya he cumplido, ¿no? Ahora se puee decir que soy una bloggera que se toma su trabajo en serio y no un amago de periodista que se rasca los ovarios a dos manos porque está demasiado ocupada haciendo NADA.

¡JA! En eso consiste el Erasmus, al fin y al cabo.

 

Los jueves de Lordis

Wanderlust

Ocurre en toda relación que la pasión del principio se va convirtiendo en una dulce estabilidad con el tiempo, digamos que alrededor del primer año. Algo así me está pasando a mí ahora mismo. No obstante, estamos de Erasmus, y aquí todo se vive con más intensidad. Calculo que en años de Erasmus los dos meses que llevo aquí son en realidad cuatro y que toda la rueda que llevo quemada desde que empecé me empieza a pasar factura. Me he puesto enferma en tres ocasiones y el hígado me susurra desde la parte inferior izquierda de mi pie que pare, por favor.

Por suerte a todos nos está pasando lo mismo. En estas últimas semanas hemos empezado a relajar la raja, como se diría en mi barrio. Puedo resumir el último mes en viajes, dos fiestas por semana (MILAGRO) y muchos días de pereza en la residencia número V, que no es la mía pero como si lo fuera (incluso muy de vez en cuando me atrevo a hacer pipí aquí, y eso que tienen baños compartidos). Hemos ido a Wroclaw, a Cracovia y a Berlín, todo en muy buena compañía tanto humana como perruna, porque los amigos que hemos hecho no pueden calificarse ni como medio normales. Claro que eso se puede comprender cuando la primera noche que pasas con ellos todo se basa en una habitación de hostel, con botellas de vodka marca Soplica desperdigadas por el suelo, dos amigas medio en bolas buscando una tarjeta debajo de la cama, tres gritando para ver si la susodicha tarjeta se personificaba y le daba por responder, una robando jerseys y yo saltando de litera en litera a cuatro patas. Sí: el Eramus te vuelve imbécil.

Ya que he ido dejando pasar el tiempo y ya no me acuerdo muy bien de lo que sucedió en Cracovia, vengo a hablaros de Berlín. Agarraos del culete que allá vamos.

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Lo primero que tiene que saber todo buen Erasmus polaco que quiera visitar la capital del país de nuestra señora de todos los Santos doña Merkel, es que se va a dejar el sueldo. El cambio de zlotis a euros no es ninguna broma. Yo pude ahorrarme el hotel quedándome en casa de un amigo, pero aún así se me fueron en cuatro días 120€ por el váter cual Nemo huyendo de su cruel destino.

Lo segundo que hay que saber es que, si como yo, provienes de una ciudad cuyo único transporte urbano son los autobuses que ya te tienes más que sabidos, te vas a perder en Berlín. El subway, el tranvía y el autobús fueron como un jodido laberinto para mí, que soy la persona con menos orientación sobre la faz de la tierra. Como estaba en casa de mi amigo, tenía que ir sola al lugar donde se alojaban mis amigas (al no tener internet, dependíamos mucho de la puntualidad y de los lugares conocidos). La primera vez, tras adjudicarme un billete por TRES EUROS, me confundí de parada unas cuatro veces y me salí del metro cuando aún no me tocaba. Lo peor es preguntarle a un alemán por la dirección: se ríen de ti en tu cara o te dicen que no saben. ¡Pero si vive aquí, señora! Los españoles por el mundo parecemos tener sobre nuestra frente el estigma de Caín o ser portadores de la peste bubónica: la gente al verte se cambia de acera. Aún así, he de decir que los germanos son adorables, sobretodo cuando te piden con toda su calma que te calles la puta boca cuando vas en el tranvía.

La primera noche de Berlín me separé de mi grupo para dejar la maleta en casa, con la promesa de volver a verlas dos horas después. Qué ilusa. No me las volví a encotrar hasta el día siguiente. ¡Oh, datos, cuán necesarios sois! Una no sabe lo que tiene hasta que pierde a todas sus amigas en una ciudad enorme. Tras una hora de infructuosa búsqueda, mi amigo y yo decidimos irnos por nuestra cuenta y terminamos en un bar con dos franceses que él conocía y dos irlandeses que surgieron de darle patadas a un arco-iris.Os lo digo en serio. Al final de la velada, cuando ya nos estábamos yendo de la discoteca de mierda, perdón, de la discoteca de techno donde los berlineses bailaban a un metro de distancia unos de otros y cuya entrada costaba 12€, los vimos adjudicándose un gramillo de Eme por 50€. Porque, otra cosa que hay que saber, es que en Berlín te tiran la droga a la cara, tal y como pasa en capitales como Lisboa. Por si acaso me lee algún amante de los psicotrópicos, os aconsejo que no compréis nada ahí. Aparte de ser un timo, la calidad es pésima (y no, no lo he probado, di no a las drogas).

Al día siguiente me aseguré muy mucho muchísimo de quedar con ellas en el lugar adecuado y a la hora adecuada. Básicamente llegué media hora antes a Postdamer Platz, me tomé un café por cuatro euros (esto leedlo con voz muy dramática) y me dediqué a enamorarme cinco veces por segundo de cada chico que pasaba por ahí. Si queréis ver hombres guapos mudaos a Berlín, son otro rollo. Ni el típico niño rubio polaco que parece recién salido de la pubertad ni el típico morenete español que mide dos centímetros más que tú. Hombres de metro noventa fornidos, rudos y con la mandíbula más cuadrada que la mesa de mi cuarto.

Bueno, que me despisto. Ese día nos dedicamos a perdernos por la ciudad, subir a la Torre de la Victoria, gastar 15€ en un autobús que sólo utilizamos media hora (VOZ DRAMÁTICA AGAIN), comer salchichas… Destaco que el plato típico berlinés son salchicas con kepchup y curry espolvoreado. Yo no estaría muy orgullosa, sinceramente. Y al caer la noche.. Y al caer la noche… Yo sólo recuerdo cantar canciones españolas por la calle, irrumpir en  Kebap y usurpar la litera de una de mis amigas porque no me apetecía perderme por la ciudad para buscar la casa de mi colega.

Los últimos dos días se resumen en un tour de esos gratuitos que pagas la voluntad al final y una visita a Potsdam, la ciudad donde se firmaron los tratados de paz, que estaba desierto porque al parecer sólo abre en primavera.

Lo malo de irte de viaje a otra ciudad es que, al volver, te das cuenta de lo fea que es Lodz, con su Piotrkowska kilométrica y su Manufaktura y su… Bueno, ya está. Y aún así lo echabas de menos, porque ya le estás empezando a llamar hogar, porque será la ciudad con más fábricas abandonadas y edificios viejos y sucios del mundo, pero es tu ciudad de mierda, y hay que quererla.

 

Wanderlust

10 pasos a seguir cuando te vas de Erasmus

¡Ay, el Erasmus! Esa etapa de tu vida en la que te vas fuera a estudiar y terminas haciendo de todo menos estudiar. Esa etapa de tu vida en la que cada día es una aventura y una prueba de supervivencia. Han ocurrido muchas cosas durante mi primer mes en Lodz. Noto que he cambiado en tan sólo treinta días aquí. No me quiero imaginar cómo seré cuando vuelva pero, de momento, observo que hay unos patrones comunes que me resultan muy graciosos: cosas que nos han ido pasando a todos tarde o temprano. Odio los top ten, pero en fin, allá va…

…10 pasos a seguir cuando te vas de Erasmus.

1. Ponte enfermo. Si a la semana de estar de Erasmus tus defensas aún no están en huelga, es que algo estás haciendo mal. El erasmus que no intercala toses y mocos dos veces por frase no merece ser tratado como tal. Así que, ya sabes, tósele a tus amigos, tósele a tu mentor, tose en la discoteca, tose cuando te tires al buenorro al que le habías echado el ojo, tose cuando huyas del revisor del tranvía que te ha pedido el ticket que no te compraste -por favor, eres español-, tose y deja que te tosan. ¡Libera una horda de virus mutante! Y si no te pones enfermo, al menos fíngelo, o no serás aceptado socialmente por el resto de tus compañeros.

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2. Quéjate de lo gordo que te vas a poner este año mientras te comes una hamburguesa más grande que tu cara. Acompaña tus quejas con un “mañana me apunto al gimnasio”. Claro que sí, bolita de queso.

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3. Desmiente eso de que el Erasmus es un salseo mientras haces exactamente todo lo que se supone que hacen los erasmus (ir de fiesta todos los días, ligarte a todo lo que pese más que un pollo, no ir a clase por la resaca, comer a las cinco de la tarde acompañado de toda tu crew -porque ahora la soledad no es una opción-, etc.). A la segunda semana descubriste por qué lo llaman Orgasmus pero sigues empeñado en que todo son mitos mientras tus amigos te cuentan el último cotilleo de ayer. Qué fuerte, qué fuerte.

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4. Conviértete en una máquina de saludos. Te basta con tener tres palancas e ir tirando de ellas en el siguiente orden:

  1. Hi, what’s your name?
  2. Where are you from?
  3. What are you studying?

Ya está, amigos para siempre.

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5. Manda tu Learning Agreement a la mierda como mínimo tres veces al día. Hiciste el acuerdo de estudios a toda prisa y sin fijarte y ahora resulta que tienes siete asignaturas el primer trimestre y ninguna el segundo, que una de ellas no existe o pertenece a un máster, que no te dan los créditos que creías o que tu profesor no tiene ni repajolera idea de inglés y no para de gritarte en polaco. ¡Viva la burocracia!

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6. Evita emparejarte. Mucho “aquí se viene a follar, aquí vienes a divertirte” y a la segunda semana TODO EL MUNDO ESTÁ ENNOVIADO. Recuerda: si repites, la has cagado. Terminarás todas las noches con la misma persona, y esto es así. Palabra de Erasmus.

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7. Evita -y atento, porque este es el punto más importante- EVITA por tu familia meterte en el guetto español. A simple vista parece algo muy fácil, basta con evitar a la gente de tu nacionalidad, ¿no? PUES NO. Los primeros días irás en la búsqueda de extranjeros cual Cenicienta en busca de su zapato, y hasta puede que conozcas a alguno. Pero entonces te dará la flojera porque, jo, estás solito en un país que no conoces y, claro, necesitas hablar un poquito tu idioma. ¡Error! Ese punto de inflexión marcará antes y un después en tu año fuera. Es como el “solo la puntita”: si te crees que no te van a meter toda la morcilla, es que eres un poco idiota. Dos semanas después, estarás rodeado de españoles y ya no habrá marcha atrás porque les habrás cogido cariño. Es que son muy monos, míralos qué monos son, cómo van gritando en el tranvía los muy cabroncetes mientras los polacos los miran mal. Joder, yo sólo quería encajar.

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8. Controla tus gastos. Puede que en el país en el que estés todo sea más barato, pero ojito. Mi primera semana en Lodz fue como un numerito de magia: de repente todo mi dinero había desaparecido. ¡Pof! Goodbye my lover, goodbye my friend.

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9. Posturea como si no hubiera mañana. Hazle fotos a todo y súbelas a FB. Da igual el objeto fotografiado. Aunque sea un váter. ¡Joder, es un váter extranjero! Si sales tú en una calle principal con cara de felicidad es incluso mejor. Da envidia. Hay que ser feliz aunque sea sólo por joder al resto.

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10. Y, sobretodo, apúntate a un bombardeo. Sal todas las noches de la semana y madruga al día siguiente para hacer turismo. Viaja, come como un cerdo, bebe como si fueras una esponja, socializa, vete de fiesta, folla -¡con condón!-, viola a un perro, corta un árbol, fúgate del manicomio y deja de leer top 10 estúpidos que sólo contribuyen a tu estupidez mental. Que estás de Erasmus, apaga el ordenador, ¡coño!

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10 pasos a seguir cuando te vas de Erasmus

A veces armonioso, a veces disonante.

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Estas dos últimas semanas han sido toda una prueba de supervivencia. Gracias a Dios, estaba mentalizada. Llegué a la residencia XI como quien llega a una jungla deshabitada, desprovista de árboles y monos, con alguna liana que otra de la que no pendían ni pájaros ni animales salvajes. No teníamos ni platos, ni sartenes, ni ollas, ni cubiertos, ni perchas, ni toallas… Joder, no teníamos ni nevera. Catorce días después esto se va llenando y ya va pareciendo un hogar. Aún no huele a casa, no huele a confianza, no huele a jungla frondosa, húmeda y ruidosa… pero ya me voy construyendo el nido entre las ramas.

He comprendido que este verano me ha servido como un pequeño entrenamiento para lo que me esperaba aquí. Me he dedicado a construir muros a base de botellas de tequila vacías y música de discoteca. Ahora son impenetrables. Ni siquiera yo puedo transpasarlos. Y no me había dado cuenta hasta ahora, cuando he buscado la cerradura pero no tenía la llave. Tantos años buscando la manera de sentir lo menos posible y la respuesta era acostumbrarse a un ritmo de vida que no te deja ni pensar en ti mismo. No puedo dejar de autoanalizarme, eso no sería propio de mí. Pero cada vez tengo menos portunidades de hacerlo. Me paso la vida intentando conocerme, y últimamente me estoy cayendo de puta madre. Sin embargo, ¿soy yo misma? Sé que no, que este año es una máscara. Antes me daba miedo decirle “hola” a un desconocido. En dos semanas he saludado por primera vez a muchísimas personas. Personas de todos los tipos, nacionalidades, gustos, colores de piel, de pelo, de ojos… personas que a simple vista parecen no tener nada de especial pero que poco a poco te van descubriendo que también vienen a comerse el mundo. Por una vez no veo a la gente desde un cristal oscuro; lo he relegado a un segundo plano y he decidido mezclarme entre ellos. Y me gusta.

Pero a la vez siento que no sé dónde estoy yo, si en Vigo o en Lodz. He dejado muchos cabos sueltos en la otra punta de Europa. Asuntos que creía zanjados. Asuntos que no tienen nada que ver entre ellos y que, a la vez, tienen que verlo todo. Y a medida que pasan los días se van entremezclando en una capa de mentiras, confusión y, sí, cada vez más, indiferencia por mi parte. Solía saber qué era lo correcto en cada jodido momento. Es un don: lo veo todo claro. A veces hay grises, pero normalmente sé lo que quiero. Ahora no tengo ni puta idea. Me he convertido en lo que lleva persiguiéndome toda mi vida: una persona sin las ideas claras.

¡Ironías!

Escribo esto mientras me preparo para ir de fiesta y a sabiendas de que lo voy a colgar en mi Facebook y nadie lo va a entender. No os engañéis: estoy de puta madre. Ya lo he dicho: aquí la gente es increíble, aquí el hogar está cada vez más cerca. Es un oasis en el que descansar hasta que vuelva a la realidad. Tequila por vodka, calor por frío, amor por odio, fiesta por… ¡mucha más fiesta! Como dijo Bob Marley: “esta noche contigo quiero hacer travesuras”.

A veces armonioso, a veces disonante.

Hey, ho. Let’s go!

Lo sé, lo sé. La temática de los Ramones no es muy original, parece que en cualquier momento voy a ponerme a vender camisetas con su logotipo. Pero el humor negro es mi debilidad y no se me ocurría mejor título para un blog que pretende narrar mis aventuras por Polonia que Blitzkrieg. Espero no herir sensibilidades: el humor negro es como las piernas, se tiene o no se tiene. (Blitzkrieg significa “guerra relámpago” y fue la táctica que utilizó Hitler para invadir Polonia, jeje).

Decidir marcharte de Erasmus es como ir corriendo hacia una piscina con los ojos vendados; no sabes si estará vacía o llena, o incluso si hay alguna persona tomando el sol en una colchoneta hinchable que puedas cargarte con tu salto, pero allá vas, cagando patatillas. Para mí, por lo menos, es una experiencia que necesito vivir por mucho que me acojone. Superada la prueba de fuego de la burocracia (o no, mi primera semana en la pintoresca Lodz me espera con sus formularios abiertos), ya solo queda moquear en el aeropuerto frente a una familia que te pregunta si llevas mantas, abrigos, bragas, la bicicleta, los diez peluches de tu infancia, una foto de tu abuela y condones (esa última parte susurrada por tu tía la enrollada que se tiñe el pelo de rubio platino). Después no sé qué viene. Veo un cuadrado negro, como siempre que intento echarle un vistazo al futuro.

Dont-panic

Ahora mismo, a tres días de irme, estoy sentada en mi cama y mi mente se divide en dos. Por una parte imagino ese cuadrado negro que seguramente estará inundado de alcohol, fiestas y gente nueva a la que tocaré con un palo antes de atreverme a hablarles (ser antisocial estando de Erasmus va a ser un problema). Por otra, está el cuadrado blanco del futuro cierto pero que no va a ocurrir, ese futuro que hubiera tenido de quedarme en Santiago y no irme un año fuera. Las clases en una facultad que parece un bloque de cemento y mármol blanco, los amigos que he hecho estos dos años, los amigos que he hecho estos seis últimos años, las vueltas a Vigo los findes si es que no me da pereza coger el bus, mi padre diciéndome que el agua templada con limón por las mañanas es muy sana, el gimnasio, las clases de conducir, el tour por bibliotecas que abran hasta la madrugada en época de exámenes, el tour por discotecas que cierren más tarde de las cuatro y tengan tequila, los tres cafés diarios… La zona de confort, en definitiva. Entonces analizo los cuadros por separado y no sé cuál me angustia más. Lo único que sé es que el blanco, el cierto, ya no es para mí. Ya no me llena, necesito más. Se me ha quedado pequeño. Suelo decir que nunca echo raíces en la tierra, y es verdad. Pero echo raíces en las personas. Quizás no eche de menos la ría en un día de esos que el cielo está despejado pero hace un frío que se te mete dentro de los huesos, pero echaré de menos compartir esas vistas con la gente a la que quiero.

Bah, basta de dramas. Estoy que me hago pipí de la emoción. ¡Allá voy, Lodz,  Lodzki, o Wucht, o cómo mierda te llames! Quizás necesite una guía como la del autopista intergaláctico para sobrevivir el año que viene. O puedo escribírmela yo misma.

Blitztkrieg bop!

Hey, ho. Let’s go!